Hola
Me
habéis pedido que cuente mi historia y aquí está.
Tenéis permiso para publicarla, pero os rogaría que
no dierais nombres ni publiquéis mi e-mail. Gracias
por todo lo que hicisteis por mí y continuad
con vuestro trabajo.
Esta
es la historia de mi fracaso y de mi éxito con las
mujeres rusas. He accedido a contarla porque quiero
compartirla con otras personas que empiezan a buscar
su pareja ideal en Rusia, y para que éstas aprendan
del los errores que cometí en mi primer matrimonio
con una chica rusa. Mi primer matrimonio fracasó.
Aprendí de los errores cometidos y con mi experiencia
volví a intentarlo. Ahora llevo 2 años casado y mi
vida ha dado un cambio espectacular. Mi nueva esposa
es más de lo que siempre soñé y su hija (ella era
una mujer divorciada con una niña de su anterior matrimonio),
nuestra hija, ha llenado un hueco que llegué a pensar
que nunca podría llenar por mí mismo y me ha traído
una alegría de vivir y de luchar por mi familia que
no había experimentado hasta ahora. Pero el camino
para llegar aquí ha sido algo tortuoso. Quizás, leyendo
mi historia pueda evitar que alguien cometa los mismos
errores.
Cuando
vi el anuncio de la que luego sería mi esposa, lo
primero que noté era que, además de bonita, en su
foto aparecía recién peinada, como la modelo de una
revista. Yo pensé que era imposible, que una mujer
de 30 años no podía ser tan delicada y femenina como
aparentaba en la foto. Así que, después de un par
de cartas me decidí a ir a su país para conocerla
en persona y me preparé para afrontar la cruda realidad
de que la mujer en la que estaba interesado no iba
a ser tan hermosa en persona. Para lo que no estaba
preparado era para justo lo contrario: era todavía
mucho más atractiva en persona que en la foto. Hablaba
de una manera suave y como tímida, con un aceptable
inglés con acento ruso que me volvía loco.
Era simplemente adorable y yo me enamoré inmediatamente.
Me
costaba mucho creer que una mujer así no hubiera
podido encontrar un buen marido ruso. En realidad
resultó que ella era divorciada, sin hijos, y su marido
se había divorciado de ella después de 4 años de matrimonio
(porque su vida estaba "en la cresta de la ola" y
estaba con una mujer más joven, una modelo). Ella
era médico, trabajando en un hospital para niños,
de cardióloga y en donde apenas ganaba nada, salvo
una subvención. Su salud era perfecta, tanto física
como mental, pero tenía poca vida sentimental. Tenía
talento y estaba llena de recursos, era una excelente
cocinera y ama de casa (¿o debería decir "diseñadora
de hogares"?). Era ingeniosa y con un humor muy sutil
pero maravilloso. Ambos pensamos que teníamos mucho
en común.
¡Al
tercer día de nuestra primera cita! le pregunté si
estaría dispuesta a considerar la oportunidad de casarse
conmigo, incluyendo un visado para venir a América
(creo que no he dicho todavía que soy de USA) y ver
si le gustaría vivir allí. Volví a mi país con un
sí por respuesta y estuvimos escribiéndonos y llamándonos
por teléfono a horas determinadas con antelación (ella
no tenía teléfono en su piso), mientras arreglábamos
los papeles. La siguiente vez que la vi fue para la
concesión de su visado. Era una formalidad y no hubo
ningún problema para que se lo concedieran. En unos
pocos días volamos a mi casa. Al día siguiente obtuvimos
una licencia matrimonial y cuatro días más tarde,
un sábado por la mañana, nos casamos con una sencilla
ceremonia. A ella le gustó mi casa y mi ciudad y parecía
feliz y relajada.
Aunque
yo pensaba que todo iba bien, la verdad es que ella
era muy buena escondiendo sus verdaderos sentimientos.
Por dentro, estaba aterrorizada y se sentía como un
extraterrestre de otro planeta. Ella sabía que no
podría ponerse a trabajar inmediatamente en su profesión,
pero ella echaba de menos su trabajo más de lo que
pensaba. Como de momento no podía trabajar, en las
primeras semanas convirtió mi espartana casa de solero
en un hogar confortable, cálido y que te daba la bienvenida
al llegar, por primera vez desde que fue construida.
Entonces
llegó su primera gran desilusión: para que ella pudiera
trabajar como médico tenía que encontrar un hospital
que la patrocinara e ir a la universidad durante 2
años, seguidos de un año de residencia y eso si podía
aprobar toda la serie de exámenes, evaluaciones y
pruebas. Y lo más pronto que ella podría empezar todo
este proceso era a un año vista. El pensar que tenía
que esperar un años sin nada que hacer era
algo que se le antojaba insoportable.
Hablábamos
en un inglés simplificado y tratábamos se entendernos
mutuamente. Normalmente teníamos éxito, pero a veces
fallábamos en el intento de expresar nuestras ideas.
Dí por sentado que mis vecinos serían tan amistosos
con ella como lo eran conmigo, pero estaba equivocado.
No es que alguno fuera grosero o irrespetuoso intencionadamente,
pero la gente hace cosas extrañas cuando están cara
a cara con un extranjero que apenas sabe hablar tu
idioma. Hablar más alto y más despacio no siempre
ayuda, ni hablar como si hablaras a un niño, pero
ellos lo hacían debido a los problemas de comunicación
de esa persona. Cuando salíamos juntos, no podía hablar
a nadie más que a mí y cuando lo intentaba, por ejemplo
en una tienda, el dependiente siempre me contestaba
a mí, como si ella no estuviese ahí.
Aprender
inglés se convirtió en su prioridad número uno. Lamentablemente,
mi ciudad es pequeña y la única escuela en la que
se enseñaba inglés, era una de una ONG destinada a
la integración de inmigrantes ilegales. El profesor
tampoco hablaba ruso y tenía dificultades con ella.
La escuela era casi más un club social que una escuela
y ella se sentía excluida e incómoda, ya que notaba
cómo los demás la miraban y hablaban de ella en idiomas
que no entendía. Así que compramos libros y cintas
de casete e intentó aprender en casa hasta que encontráramos
un profesor o una clase que de verdad le sirviera.
Desarrolló un método de estudio propio, tomando notas
en cualquier lugar que oía algo que no entendía y
para más tarde volcarse sobre sus notas y estudiarlas
y al mismo tiempo me enseñaba a mí ruso. Ciertamente,
avanzó a pasos agigantados. Su nivel de inglés crecía
considerablemente en comparación con mi nivel de ruso.
La facilidad con la que aprendía nuevos términos y
la rapidez con que aprendía a utilizarlos, no solo
me asombraba sino que me llenaba de orgullo hacia
ella. Así, el idioma pronto dejó de ser un gran problema,
aunque todavía le asustaba enfrentarse sola al día
a día.
Pero
su vida se le antojaba aburrida y no le llenaba. Sus
amigos estaban lejos y la mayoría no tenían teléfonos
ni e-mails (en aquel entonces), así que la única comunicación
posible era mediante carta. En realidad ella nunca
se quejó, pero incluso entonces, yo me daba cuenta
que algo no iba bien. A veces tenía que trabajar
hasta tarde y cuando llegaba a casa me encontraba
que ella me recibía muy contenta de verme,
pero alrededor sus ojos había marcas rojizas
y estaban ligeramente hinchados, como si hubiera estado
llorando y siempre que le preguntaba me decía que
todo estaba bien. Ella mantenía la cena caliente hasta
mi llegada y nunca empezaba a comer hasta yo no estaba
ahí para comer con ella y sólo raramente me dejaba
caer alguna pista sobre como se encontraba, como preguntarme
si la había echado de menos trabajando hasta tan tarde
(esto significaba que ella me había
estado echando de menos durante todo el día).
Después de cenar solíamos ir a dar un largo paseo,
si el clima no era demasiado malo. Luego, veíamos
un poco la televisión, alquilábamos una película o
salíamos al cine. Una vez a la semana íbamos a comprar
comida. Ella me decía que quería que fuese con ella
y así podía yo seleccionar las cosas que me gustaban
(ahora sé que simplemente no podía soportar quedarse
a solas y cara a cara con los dependientes).
Yo
pensaba que teníamos una vida sexual buena, al menos
yo sabía que yo disfrutaba de ella, y parecía que
mi mujer también se manejaba muy bien. Yo soy un hombre
grande, ella es una mujer pequeña, una combinación
que funciona mejor para el hombre que para la mujer
pero, una vez más, ella nunca se quejó, hasta una
noche, que fuimos algo más vigorosos. En mi pasión
no me di cuenta al principio que le estaba haciendo
daño. Después, su dolor era tan obvio que la presioné
para que me hablara sobre ello. Al principio sentí
algo de "orgullo masculino" sobre mi "poderío sexual",
pero entonces caí en la cuenta de la realidad: ella
había estado sufriendo desde hacía mucho tiempo y
se había guardado su dolor para ella sola, como una
buena esposa debía hacer (según su manera de pensar
de mujer rusa). Ella no había fingido nada, pero había
centrado toda su atención en complacerme a mí, incluso
aunque ella no estuviera disfrutando. Créeme, me sentí
fatal, me sentí egoísta y desconsiderado. Me disculpé
con ella y eso todavía empeoró más las cosas. Para
ella eso significaba que no la apreciaba y que me
había fracasado como buena esposa. Este acontecimiento
fue un punto de inflexión que nunca superamos.
La
presioné para que me dijera directamente cuando había
algo que estaba mal. El tiempo pasó y fuimos encontrando
más y más diferencias y menos cosas en común. Como
su inglés había mejorado mucho, cada día que pasaba
se iba convirtiendo en alguien más familiar para los
dependientes locales, fue tomado confianza en sí misma
y fue menos dependiente de mí. Como todavía no podía
trabajar en su campo e iba pasar bastante tiempo,
le sugerí que se ofreciera voluntaria en la Cruz Roja
o en el hospital. Hizo ambas cosas. Ahora sí estaba
volviendo a la vida, como si fuera una planta mustia
que resucita cuando le echas agua después de un año
sin regarla.
El
primer día de hospital ella conoció el primer hombre
ruso desde su llegada a mi país, un celador llamado
Yuri, de Kyiv. El pretendía ser amigo de ella y la
llamaba su "hermanita pequeña", aunque él era más
joven que mi mujer. Pero el tiempo pasó y sus intenciones
se hicieron más obvias para mi esposa y finalmente
sus atenciones dejaron de ser bienvenidas. Lo intentó
todo, pero nada pudo conseguir. En última instancia
fue despedido del hospital por robar a los pacientes.
Ella estaba contenta de librarse de él, incluso aunque
no hubiese nadie más en la ciudad con el que hablar
en ruso. El hospital la patrocinó para la universidad
pero ella tenía que pagarse casi todas las clases.
Estudió muy duramente, pasó muchas frustraciones,
pero lo hizo bien y aprobó con bastante buena nota.
Durante su residencia, se dio cuenta que muchos de
los doctores sabían menos que ella de su trabajo diario,
pero era cooperativa y nunca les criticó.
Durante
todo este tiempo sentíamos amor mutuo, pero no estábamos
"enamorados" y estábamos en una situación como perdiendo
el interés por el otro, pero ambos queríamos estar
juntos y ver crecer nuestro amor. Así que decidimos
tener un hijo, para así cimentar nuestra familia juntos
y crear más amor. La naturaleza decidió otra cosa.
Lo intentamos y lo intentamos y lo intentamos, pero
no hubo suerte, así que fuimos a ver a un doctor para
saber la causa. Mis espermatozoides tenían baja movilidad
y aunque viable, la concepción natural era poco probable.
Repentinamente, su deseo por un niño tomó un nuevo
significado. Se dio cuenta de lo importante que era
para ella y el solo hecho de pensar el ser privada
de ello se le hacía insoportable. Ella era fértil
y capaz, pero yo no. Me di cuenta que aunque yo también
lo deseaba, no era tan importante para mí como para
ella. Este fue otro punto de inflexión.
Ahora
todas nuestras diferencias parecen más obvias que
cuando empezamos a deslizarnos colina abajo hacia
el divorcio. Seguimos siendo amables el uno con el
otro hasta el fin y después puedo asegurar que, aunque
no seamos los mejores amigos del mundo, definitivamente
no somos enemigos, como terminan muchas parejas que
se conocieron por el método "normal". Ahora ella ha
conocido a otro hombre y con él si es feliz. Esperan
casarse en otoño. Siempre me preocuparé por ella,
pero no quiero interferir. Sobre nuestras diferencias,
alguna parecían más significativas, otras poco profundas,
pero todas ellas contaron. Mi incapacidad para concebir
fue probablemente la más decisiva o la que colmó
el vaso.
Nuestro
error fue precipitarnos y no profundizar en la personalidad
de cada uno. Nos prometimos al cuarto día de conocernos
y cuando decidimos casarnos a penas sabíamos nada
el uno del otro. Sí, cuando leí su anuncio y ella
leyó mi carta, pensábamos que teníamos mucho en común,
pero no fuimos suficientemente específicos ni profundizamos
el uno en el otro. A ambos nos gustan las películas,
la música, los deportes, conducir por el campo, el
amor y el cariño, el sexo, leer, las mascotas, las
fiestas, etc.
Teniendo
esto en cuenta y dejando aparte los puntos de inflexión
que ya he mencionado éstas eran otras "pequeñas-grandes"
diferencias: a mi me gusta la música country, a ella
la música pop, ambos odiamos otro tipo de música.
Su idea de deporte activo es una clase de aeróbic,
la mía es escalar y el senderismo. Me gustan las motos,
ella siente pánico por las motos. Me gustan las películas
de acción, ciencia ficción, drama criminal intenso
o comedia "primitiva" (bofetadas, tortazos,...), a
ella le gustan las de romances, las comedias para
niños (es una gran fan de las gemelas Olsen - "Padres
Forzosos") y las de aventuras con ligeras dosis de
acción. Me gustan los intercambios abiertos y frecuentes
de efecto y cariño, ella se siente asfixiada, si mi
beso de despedida de por la mañana dura más de 10
segundos. Me gusta ir desnudo por la casa, a ella
no. Me gusta el sexo oral, ella lo hace si tiene que
hacerlo, pero no disfruta de ello (para mi es importante
que lo haga porque disfruta con ello, no por obligación).
Soy un ávido socio del club de tiro con rifle, ella
odia las armas. Me gusta hablar, ella piensa que hablo
demasiado y prefiere leer un largo libro en lugar
de charlar (yo leo revistas como "Ciencia Popular").
I mí me gustan los perros grandes, a ella los gatos,
yo soy alérgico a los gatos. Yo bebo de vez en cuando
y me gusta hacerlo en compañía de mis amigos hasta
coger un "puntito", ella rara vez bebe y se emborracha
en cuanto bebe la mitad de su copa de champán y odia
sentirse borracha. Y la lista de pequeñas diferencias
sigue.
En
realidad nunca nos molestaron las diferencias triviales,
y teníamos algo más que una relación de "vive y deja
vivir", pero debido a ellas, realmente nunca fuimos
del todo felices la mayoría del tiempo. Creo que si
se hubiera quedado embarazada, hubiéramos centrado
la atención en nuestro hijo. Puede que esto hubiera
ayudado, puede que lo hubiera empeorado. Ah, y había
una ligera diferencia de edad, de 10 años, que realmente
nunca interfirió. Ella dijo que tenía 30 para interesar
a un hombre más mayor, un caballero con más estabilidad,
cuando en realidad tenía 28 y yo dije que estaba en
la mitad de la treintena, para parecer más joven de
los 38.
Cuando
conocí a mi actual esposa tenía 41 y le dije que tenía
41. Tenía una idea mucho más clara de cómo debía actuar,
a quien debía buscar, y cómo comunicarme con ella
mejor y antes de que surgieran problemas. También
me preocupé de explicarle cómo iba a ser la situación,
una vez llegara a mi casa, que aprendiera el idioma
lo mejor posible y que buscara una ocupación que llenara
su tiempo. En realidad esto último ya estaba hecho.
Su niña, entonces tenía 2 años, llenaba todo su tiempo,
además de su hogar, y esta era su vocación
y a lo que deseaba dedicarse. Y sobre todo no me precipité
ni dejé que ella lo hiciera. Esta vez no se han repetido
las situaciones del pasado, y aunque a ambos nos gustan
músicas distintas (a ella le gusta la clásica y el
Jazz), muchas de nuestras aficiones son comunes y
nuestra vida cotidiana es dichosa.
¡Te
deseo suerte!
Mis
mejores deseos.